Geomática

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Libro de Geomática:

Este es el 'Curiosity', el robot más moderno enviado a Marte

Foto: Archivo Particular

El ambicioso viaje al 'Planeta Rojo' está programado para comenzar este viernes.

El omnipresente color naranja-rojizo-óxido está en cada uno de sus picos, cráteres, dunas, cañones y valles, y hasta en el polvillo eternamente suspendido en la atmósfera, visible sobre la curvatura del planeta. Sus atardeceres rebosan de una luz sublime y hay algo decididamente extraterrestre en el ángulo de inclinación de las sombras. Marte es rojo, seco y frío, lleno de una pétrea vitalidad que anuncia su esencia: este es un mundo mineral.



Desde siempre hemos querido saber si hubo allí una generación espontánea de vida animal. O vegetal. O incluso viral.



Parafraseando al autor Kim Stanley Robinson, lo que sea que dé inicio a la vida -una espora proveniente del espacio (o de la Tierra), un caldo de cultivo en los manantiales de azufre caliente, la mano de un dios-, no sabemos si eso sucedió en Marte.


Pero sí podría haber sucedido. En algún momento temprano de su evolución -el planeta se formó hace 15 millones de generaciones humanas, junto con el resto del Sistema Solar-, Marte tuvo mares, ríos, lagos, nubes, lluvia, nieve, glaciares, costas y canales. Pero todo eso desapareció. La esfera de roca es demasiado pequeña, está demasiado lejos del Sol y su núcleo de níquel y hierro -que ya no gira dentro de la corteza- es como una batería apagada. Por su culpa, la atmósfera se congeló y cayó al piso.



El dióxido de carbono se sublimó y formó una nueva y delgadísima atmósfera, mientras que el oxígeno se pegó a las rocas y las volvió rojas. El agua se solidificó bajo la tierra en forma de permafrost y en otros lugares, se filtró kilómetros hacia el subsuelo y formó mares subterráneos, cuya suerte se desconoce. Y solo los dos polos, cubiertos de hielos de agua y dióxido de carbono, muestran otro color diferente del rojo.



Ahora, en un revés de la trama de la Guerra de los mundos, los terrícolas queremos hacer nuestra esta bola congelada de roca oxidada, donde no hay prácticamente oxígeno, ni capa de ozono, ni campo magnético; donde la temperatura mínima es de -90 grados centígrados y la presión atmosférica no pasa de los 10 milibares (al nivel del mar en la Tierra hay 1.013). Un lugar donde el viento levanta velocidades de 100 m/h y transporta tormentas de polvo y arena que pueden durar años; donde un adulto pesaría lo mismo que una maleta, y sobre cuya superficie las cosas están expuestas a 15 rems de radiación al año. Quisiéramos tomar este lugar y convertirlo en unos jardines de Babilonia mezclados con campiñas de Cundinamarca y selva amazónica.


Expertos en ingeniería planetaria han estado estudiando el caso desde la secundaria. Ahora son los encargados de hacer que el concepto de "terraformación" -un término que hasta hace poco no existía en el diccionario- pase a un primer plano.



¿Deberíamos?



¿Podemos devolverle el pulso a Marte? ¿Cómo hacerlo? La receta para revivir un planeta congelado en el tiempo es calentarlo, crearle una atmósfera, regarlo con agua y protegerlo de todas las inclemencias; así como hacía El Principito con su rosa vanidosa.


Solo que el proceso tomaría un mínimo de 500 a 50.000 años (según a quién uno le pregunte). Aun así, una cosa es hacer un planeta apto para la vida, y otra, muy distinta, hacerlo apto para la vida humana.



Chris McKay, del Centro de Investigaciones Espaciales Ames de la Nasa -uno de los científicos planetarios y astrobiólogos más respetados en EE. UU.-, concluyó que terraformar a Marte para los humanos es muy difícil. "Casi imposible, porque los humanos necesitamos mucho oxígeno, y el oxígeno es sumamente difícil de fabricar en Marte. Hasta ahora, está fuera de nuestros horizontes tecnológicos, está muy lejos en el futuro".



El oxígeno de la Tierra demoró cientos de miles de años en formarse. Suponiendo que algún día pudiéramos llenar a Marte de plantas y hasta darle un océano con la misma productividad del nuestro, tendríamos que secuestrar (o enterrar) cantidades masivas de carbono orgánico para poder crear el oxígeno. La fotosíntesis no es suficiente por sí sola. Así pues, dice McKay, tomaría mínimo 40.000 o 50.000 años ponerle a la atmósfera marciana suficiente oxígeno para sostener vida humana.



"En cambio, lo que sí podemos hacer ahora es calentar a Marte, hacerlo habitable a las plantas, que respiran CO2, y restaurar su gruesa atmósfera de dióxido de carbono. Entonces, a la pregunta: ¿podemos hacer que Marte regrese a la vida?, mi respuesta es: sí podemos. ¿Cómo? El mayor problema es calentarlo. Pero nosotros ya sabemos calentar planetas. Lo estamos haciendo aquí en la Tierra. Entre más calor le aplicamos a la atmósfera, más la espesamos. Y entre más la espesamos, más la calentamos. Lo mismo que hacemos aquí va a funcionar en Marte".


McKay está a medio camino entre el ácido debate de los "rojos" y los "verdes" -aquellos que quieren conservar a Marte tal como está, sin tocar una sola de sus rocas, hasta que se descubra si el planeta tuvo o no vida, antes de lanzarse a transformarlo y terraformarlo, para no correr el riesgo de destruir lo que pueda haber allá. Y aquellos que quieren comenzar el trabajo de restauración y reverdecimiento tan pronto lleguemos a Marte, importando de la Tierra toda clase de organismos extremófilos naturales y sintéticos-.


"Creo que deberíamos crear una biosfera en Marte", dice McKay, "pero estoy convencido de que los ingredientes de esa biosfera, sus genes, deben ser marcianos en la medida de lo posible.

 

Tenemos pruebas de que Marte tuvo agua en abundancia, y de allí deducimos que hubo vida. Por varias razones, podríamos hallar reliquias de esa vida -congelada o muerta- y reconstruirla, de ser necesario, o mejor aún, hallarla viva en algún refugio bajo la superficie y dejarla que nuevamente controle los ciclos biogeoquímicos de ese planeta, de la misma forma que la vida en la Tierra controla los ciclos biogeoquímicos de nuestro planeta. No estoy de acuerdo en que llevemos a Marte vida de la Tierra. Eso sería un último recurso. Si Marte no tiene un genoma, entonces sí podríamos compartir el nuestro. Pero personalmente creo que Marte lleno de marcianos es mucho más interesante que Marte lleno de terrícolas".



Si no hay vida


Suponiendo que no haya vida en Marte, entonces podríamos proceder a partir de una roca pelada. Cuando la presión y la atmósfera lo permitan, la biomasa entrará en acción. Habrá que fabricar toneladas de microbios, cianobacterias, líquenes y hongos resistentes al frío, la deshidratación, la radiación ultravioleta y el exceso de sal. Y que usen poco oxígeno. La Tierra tiene muchos organismos tolerantes a estas condiciones. Pero no existe un solo bicho o planta superhéroe que las reúna todas al mismo tiempo.


Por eso tendremos que hacer selecciones genéticas en el laboratorio. Eventualmente, los líquenes amarillos serían reemplazados por selvas gigantescas de árboles de hasta 200 metros de altura que sean capaces de absorber cantidades masivas de CO2 y botar cantidades masivas de oxígeno. Para entonces, ya habrá agua por todos lados.


La gran depresión de Vastitas Borealis, en el polo norte, quedará sumergida en el fondo del mar. El cráter gigante de Hellas Planitia se habrá convertido en un lago de 8 kilómetros de profundidad. El cañón Valles Marineris -esa cicatriz horizontal de 8.000 kilómetros de largo y 4 de profundidad- será un fiordo monumental. Y el Olympus Mons, que con sus 21 kilómetros de altura y 600 de diámetro es el volcán más grande del Sistema Solar, será una isla que se pierde entre las nubes. Asentada sobre una extraña protuberancia del terreno llamada Tharsis, la montaña inmensa generará su propio ecosistema, donde la atmósfera será aún muy delgada para los humanos.



No es tan difícil imaginar a Marte con vida. Porque, después de todo, la vida se adapta y se arraiga con una tenacidad asombrosa. Y solo tiene unas pocas necesidades de combustible y energía.


De qué sirve rastrear el agua

 

Para saber si hay o hubo vida

 

Los satélites que vuelan sobre Marte han estado descubriendo en medio del cráter Gale lugares erosionados que han dejado a la vista depósitos de arcillas y sulfatos (minerales formados en la presencia de agua). Determinar su abundancia y distribución y si fueron formados por agua del subsuelo, de algún lago, o lluvia ayudará a aprender acerca de la habitabilidad que haya podido tener -o no tener- Marte.

Más realidad que ficción

 

"Claro que todos los originales genéticos de esta nueva biota serían terráqueos", escribe Stanley Robinson en su novela 'Marte Rojo'. "Pero el terreno es marciano. Es un ingeniero genético poderoso, que determina qué vive y qué muere, empujando la evolución de nuevas especies. Y a medida que pasan las generaciones, todos los miembros de la biosfera evolucionan juntos, adaptándose a su terreno en una compleja respuesta comunitaria. Este proceso, no importa cuánto intervengamos en él, está fuera de nuestro control. (...) Es el proceso de la aeroformación".



El robot que buscará huellas de vida

 

El Mars Science Laboratory, conocido como Curiosity, es la misión más ambiciosa de la humanidad a Marte. En agosto del año entrante, estará arribando al cráter Gale, una hondonada de 155 kilómetros de ancho con una montaña en el centro, cerca del ecuador marciano. El sitio fue escogido por encima de 60 ubicaciones candidatas porque ofrece algo para todas las disciplinas científicas que buscan sacar provecho de esta etapa exploratoria, como la elevación en medio del cráter, que es una enorme pila de sedimentos. "Bien podría ser la mayor altura del Sistema Solar escalable por un robot", escribe en la revista Nature el geólogo John Grotzinger de Caltech, el encargado de escoger el destino final del amartizaje (tras 5 años de planeación por más de 100 científicos).



"Gale es el sueño de un geomorfista (persona que estudia las capas de sedimentos para entender sus procesos). Pero también presenta oportunidades para los géologos que buscan descubrir la química de las rocas. Nuestra fascinación con este cráter se explica porque está en un valle de muy poca elevación en Marte, y todos sabemos que el agua fluye montaña abajo", añade. Por primera vez en la exploración planetaria, el robot tendrá que ser un gran escalador, pues se espera que viaje 200 metros diarios, incluso al ascender la ladera de la montaña central, cuya pendiente es de 45 grados. Pero antes de dirigirse hacia el monte, debe explorar las paredes aluviales del cráter, un abanico de lo que parecen haber sido arroyos grandes, quizás excavados por el agua que fluyó al derramarse cráter abajo, hace quién sabe cuántos milenios. Ladera arriba hay menos señas de erosión y de minerales "acuosos", pero los científicos quieren que Curiosity llegue a la cima. Un ascenso que le tomaría al robot varios años más de los 24 meses que se le han asignado a la misión. Pero no sería la primera vez que un explorador marciano siga adelante y extienda su trabajo más de 15 veces de lo planeado, como lo hizo Spirit.



El cráter Gale les gusta a los investigadores de tal forma que había sido considerado para la doble misión de Spirit y su hermano gemelo, Opportunity, en el 2003; pero al final se decidió que Gale era demasiado empinado para estos pequeños viajeros. No obstante, el Meridiani Planum, lugar de trabajo de Opportunity, reveló grandes depósitos del mineral hematita. "Es una de varias formas del óxido de hierro. Y en la Tierra se genera solo en presencia de agua, así que eso nos puso muy felices", explica el astrobiólogo de la Nasa Chris McKay. Pero Curiosity hará más que 'seguir el agua' y será capaz de buscar e identificar ingredientes como los pequeños bloques que usa la biología para fabricar a los seres vivos, llamados compuestos orgánicos. "La Nasa tiene a Marte firmemente en su mira", dice Charles Bolden, el administrador de la agencia espacial. "Curiosity no solo aportará importante datos científicos, sino que servirá como una misión precursora a la exploración humana del 'Planeta Rojo' ".

 

Ángela Posada-Swafford
Especial para EL TIEMPO

 

 

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Martes 22 de Noviembre del 2011

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