Geomática

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Libro de Geomática:

El avión caza huracanes

Estragos provocados por el 'Michelle'. | Agencias

La idea es simple pero el vuelo es bastante complejo. Se trata de adentrarse en la tempestad, cruzar la pared de agua del huracán, que suele tener unos 670 kilómetros de diámetro en el Océano Pacifico, en el Atlántico es la mitad, e ingresar al ojo. No es un paseo para cardíacos ni epilépticos, advierten los pilotos. Una vez en medio del ojo, si pasa algo, no hay salvación, no hay a quien acudir. Y una expedición al ojo de un huracán puede tomar hasta 12 horas, sobre mar abierto. Y es que, por muchos datos que los pilotos dispongan antes del vuelo, como todo fenómeno atmosférico, estos pueden variar minuto a minuto.

 

La tripulación del C-130 puede despegar con la idea de penetrar un huracán categoría 2 y al llegar al lugar toparse con uno de categoría 4. Y la diferencia es abismal, va de vientos con velocidades de 154 kilómetros por hora a 210, casi la mitad de la fuerza de desplazamiento del avión.

 

La misión

 

Los aparatos 'caza huracanes' pertenecen al Escuadrón 53 de reconocimiento atmosférico que tiene su sede en la base aérea de Kessler, cerca de la ciudad de Biloxi, en el estado de Mississippí y está compuesto por 10 aparatos Hércules WC-130. La mayoría de los vuelos se procesan durante las temporadas de huracanes, que en el Atlántico van de 1 de junio a 1 de noviembre. Pero abarcan también a los huracanes del Océano Pacifico, incluyendo las tempestades huracanadas de invierno en Alaska.

 

En un día de vuelo normal, la tripulación designada para un vuelo al ojo de un huracán es citada por el director de vuelo dos horas antes del inicio. En una sala especialmente acondicionada de la base, rodeados de mapas, televisores y ordenadores, la tripulación recibe los últimos informes atmosféricos, diseña la ruta de vuelo, calcula el combustible, la carga y trata de anticipar imprevistos que puedan alterar el rumbo de los acontecimientos. La tripulación está compuesta por cinco personas: dos pilotos, un ingeniero de vuelo responsable también por el lanzamiento de la sonda, un director de vuelo —que viene a ser el meteorólogo de las alturas— y un navegante. Las misiones consisten en hacer un reconocimiento del huracán, recabar los datos meteorológicos del momento y hacer una inspección visual del fenómeno.

 

El problema es llegar a su interior. Requiere mucha pericia porque no se puede ingresar al huracán directamente a través de la pared de agua, hay que acompañar el movimiento de rotación del mismo, pero al revés. O sea, los huracanes se desplazan en contra de las manecillas del reloj —en el hemisferio sur— y la única forma de entrar en ellos es yendo a favor de las manecillas volando en círculo, de forma que se va disminuyendo el diámetro en la medida que el aparato se aproxima del centro.

 

El ingreso puede durar dos horas, el Hércules se desplaza literalmente colgado de las hélices y totalmente a merced de los vientos. Al ingresar se siente rápidamente el cambio brusco de ambiente, el aire que se mantuvo seco durante todo el viaje por el aire acondicionado, de repente se vuelve húmedo por la presión de la cortina de agua que lo envuelve. Si nadie tuviera puesto el cinturón de seguridad, todo el mundo estaría volando en su interior. Tal es la fortaleza de la turbulencia, que más que sentirla los pasajeros tienen la sensación de que son parte de ella.

 

Y así va ingresando el aparato. Con el piloto cada segundo cerrando más el círculo alrededor del ojo del huracán hasta que al cabo de unas dos horas, de repente, todo se acaba. Es como si se hubiera llegado a una isla desierta, donde no hay nada, ni siquiera viento. Aparece el sol por encima de la columna de agua y es como si estuviera en el mejor de los mundos posibles, sea de día o de noche (porque las misiones se hacen en cualquier momento).

 

Una vez que se ingresa al ojo del huracán, el ingeniero y el director de vuelo comienzan a trabajar en conjunto. El ingeniero lanza al agua, desde unos 3.000 metros de altura, una sonda especial que al tocar la superficie del mar, comienza a emitir informaciones, que son recogidas unos segundos después en el avión por el director de vuelo y transmitida vía satélite al Centro Nacional de Huracanes en Miami, donde los especialistas comienzan a formarse una idea del fenómeno.

 

La sonda mide la temperatura del aire en la superficie del agua, la temperatura del mar, la humedad ambiental y las oscilaciones en las corrientes. Las mediciones pueden ser hechas durante una hora, tras estudiar la variación entre la temperatura del aire, la presión y la temperatura del agua, los especialistas saben si el huracán se está debilitando o reforzando. Un huracán suele formarse cuando la superficie del agua tiene una temperatura mayor que la que hay en el ambiente. Además, también indica en qué dirección se está desplazando el huracán. En cada vuelo se utilizan alrededor de 100 sondas y cada una cuesta unos 700 dólares.

 

El regreso tampoco es calmado. El piloto inicia los vuelos en círculo cada vez mayores y, de repente, aparece la columna de agua por el morro del avión y el día se vuelve noche. Si no fuera por el radar no habría forma de saber hacia dónde se está volando. Los pilotos, de hecho, ni siquiera miran por los cristales.

 

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Jueves 12 de Agosto del 2010

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